La diáspora ennegrece al dominicano : Frank Moya Pons - DIARIO QUISQUEYA

La diáspora ennegrece al dominicano : Frank Moya Pons



¿En qué sentido digo esto? 
Ustedes lo saben: el dominicano se cree blanco en su país, pero cuando llega a los Estados Unidos descubre que él no es blanco y, por lo tanto, aprende a convivir con los negros norteamericanos, con los negros de las Indias Occidentales y aprende a convivir con los haitianos. Tal vez cuando los intelectuales y los académicos nos reunimos en un mismo salón nos hablamos poco, pero en el trabajo, en la estación de taxi, en la calle, en la bodega y en la factoría, los dominicanos y los haitianos están viviendo hombro con hombro en los Estados Unidos: la diáspora está uniendo a ambas comunidades. Esto es muy importante tenerlo en cuenta porque eso no había tenido lugar antes. 

Hay un cambio en la conciencia racial dominicana, no solamente en la diáspora, sino también en la República Dominicana porque la diáspora actúa sobre la sociedad dominicana y sobre sus valores raciales. Hace ya cerca de 20 años que los valores raciales dominicanos están cambiando. Comenzaron a cambiar poco a poco, lentamente, pero hoy están cambiando aceleradamente. Al principio el cambio fue lento, pero hoy existe un cambio radical. 

Veamos un ejemplo: en el año 1977, Johnny Ventura vino a los Estados Unidos y se quedó deslumbrado por el movimiento de los derechos civiles, por el poder negro y por la importancia de la negritud en los Estados Unidos. Regresó a la República Dominicana, trató de hacer un concierto de música negra en el Centro de los Deportes, y muy pocas personas asistieron a ese concierto. En aquel momento, los dominicanos no querían asociarse a la música "negra". Sin embargo, hoy eso no es así. La música "soul", el "rap", los canales de televisión como MTV, en donde hay una activa presencia de grupos de color norteamericanos y de grupos de la diáspora caribeña que trabajan artísticamente, están haciéndole ver a los dominicanos cuán cercanos están ellos de sus vecinos caribeños y norteamericanos, y lo cerca que están también culturalmente de sus hermanos africanos. 

Una demostración práctica de mi argumento es la siguiente: el año pasado tuvo lugar en la República Dominicana una de las campañas antihaitianas, racistas y antinegras más feroces que la República Dominicana haya podido conocer.

 Ni siquiera cuando Trujillo hubo una campaña tan feroz. Sin embargo, más de la mitad del pueblo dominicano votó por el candidato negro a quien se le dijeron las peores cosas posibles. Eso fue un rechazo al racismo, al racismo del antihaitianismo de Estado. Las cosas están cambiando y hay que verlas en una dimensión de cambio, hay que verlas evolutivamente. No podemos pensar que las mentalidades puedan cambiar de la noche a la mañana, pero cambian. Las mentalidades son las estructuras más sólidas de la Creación, más sólidas que estos ladrillos, pero tarde o temprano las mentalidades cambian y las elecciones del año pasado demostraron que los dominicanos, no todos los dominicanos, es cierto, pero más de la mitad de los dominicanos, rechazan el racismo como arma política y como forma de vida. 

En quinto lugar, las dos sociedades están demandando cambios en las relaciones entre ambos países y existe una dinámica que se está generando de abajo hacia arriba. Veamos un caso que ilustra este fenómeno: el embargo comercial sobre Haití el año pasado produjo un inesperado cambio entre los empresarios dominicanos que súbitamente transformaron su discurso antihaitiano y acomodaron su codicia a las nuevas oportunidades de hacer negocio. Este fue un cambio de 180 grados y mucha gente se sorprendió al escuchar a los comerciantes e industriales que habían dado muestras de un antihaitianismo recalcitrante proponiendo el mejoramiento de las relaciones comerciales con Haití. 

¿Por qué cambiaron los empresarios dominicanos su discurso y su actitud de la noche a la mañana? 

Para mí la respuesta es simple: porque el comercio une. Desde los fenicios hasta nuestros días, el comercio une a los pueblos. Fue necesario el trauma del embargo para que del lado dominicano se produjera el descubrimiento de que Haití era el segundo mercado en la República Dominicana, como mencionaba el licenciado Vega esta tarde, y para que muchos industriales descubrieran que ellos estaban vendiéndole a Haití hace tiempo a través de los exportadores que negociaban en Haití. Hasta el embargo, los industriales no lucían interesados en controlar un negocio que no apreciaban en su justa magnitud. Ahora sí quieren controlarlo, pero para ello necesitan que las relaciones entre ambos países mejoren. Como muestra de ese interés, Jean Michel Caroit mencionó hoy que desde la instalación del gobierno del presidente Aristide hasta la fecha, no son decenas sino cientos de grupos, misiones y personas que han ido a Haití buscando oportunidades de negocios. 

En un discurso que pronunció el Embajador Alexandre el pasado verano en Puerto Príncipe, en el cual presentó una historia de las relaciones domínico-haitianas, él hizo un buen inventario de los eventos e intercambios que han tenido lugar en los últimos años entre ambos países. Ahora el movimiento hacia el mejoramiento de las relaciones domínico-haitianas tiene un nuevo aliado, inesperado, utilitariamente movido por los comerciantes, lo cual es natural. 

El comercio y los comerciantes unen las diferentes partes del globo y las diferentes sociedades. Pero no son solamente los comerciantes los que están pidiendo que las relaciones mejoren: también los académicos lo están haciendo. En las escuelas y universidades dominicanas hay estudiantes haitianos, en el Instituto Superior de Agricultura, en Santiago, y en la UNPHU, en Santo Domingo, hay estudiantes haitianos estudiando agronomía y medicina. Conozco estudiantes haitianos compañeros de mi hija en la UNPHU. 

También los hay en la Universidad Católica Madre y Maestra y en FLACSO. Wilfredo Lozano, que está aquí presente, me invitó a dar seis conferencias en su programa de maestría en FLACSO hace un par de años. Debo decirles que los mejores estudiantes de ese grupo eran haitianos. De manera que hay un movimiento de abajo hacia arriba. No lo hemos estudiado, y no sabemos todavía cuán grande es, pero se siente, está ahí. Nota de Secretaría: Aquí se dañó la grabación: 

En sexto lugar, para terminar con esta enumeración, la conciencia popular también está cambiando en relación con Haití. los que de ustedes vieron un carnaval que los carnavales tienen tremendo ingrediente haitiano, pero no solamente los carnavales, los pueblos, los dominicanos han llegado a creer que una danza totalmente haitiana del tiene un gagá que es de origen no es verdad, no es dominicano el gagá, describiendo sus raíces haitianas sin embargo hoy los dominicanos bailan gagá y hay algunos bailes populares que están derivándose del gagá, los dominicanos hasta aceptan el gagá. Sin embargo, el gagá estuvo prohibido; lean ustedes el libro de Santiago Peña Ortiz para que ustedes vean que cuando se prohibió el vudú también se prohibía el gagá y la... 

 Pero hay un vudú dominicano. Carlos Esteban Deive tiene una obra muy importante que... Un descubrimiento que hace Carlos Esteban Deive en esta obra es que los dominicanos han hecho sus propias innovaciones al vudú. ¿Cómo así? De manera que está también ocurriendo un proceso de transculturación. 

En el año 80, yo no sabía que era tanto, pero alguien me lo reportó... en el año 79 yo di una conferencia en el Club Rotario de Santiago y alguien me preguntó que cómo yo veía las relaciones domínico-haitianas en 50 años y recuerdo que expliqué un poco esto de la transculturación... pero lo cierto es que esto viene de lejos que lo único es que recientemente y desde luego, con la fractura de las resistencias culturales existieron anteriormente cuando la negritud era ahora con la transculturación están de manera que en 50 años en que a nivel popular las Ahora bien (Aquí se corrige la grabación: ...) el ejército nacional, en colaboración con agentes y activistas del partido oficial, impedían en las mesas electorales que los dominicanos negros votaran en las zonas cañeras. 

De manera que ese es un problema que tenemos por delante y que va a afectar el curso de las relaciones domínico-haitianas. En cuarto lugar, como mencionaban esta mañana algunas personas, tenemos el problema de los refugiados políticos. No los de ahora solamente, sino también los del futuro. 

Es cierto que continuaremos construyendo democracias en ambos lados de la isla, pero uno no sabe cuándo habrá refugiados políticos haitianos en Santo Domingo o dominicanos en Puerto Príncipe, y ese será siempre un problema porque ambas ciudades son las capitales más cercanas de uno y otro país. En quinto lugar, si no hay una solución al intercambio comercial, esto es, si no encontramos un reglamento para manejar el comercio libre entre ambas naciones, el contrabando va a continuar y va a seguir un comercio aparentemente legal, pero penalizado por barreras no arancelarias, por disposiciones políticas caprichosas, y por abusos a uno y otro lado de la frontera, probablemente más del lado dominicano que del haitiano, por razones estructurales que explicó muy bien hoy Remy Montás. 

En sexto lugar, va a continuar también -y esto será decisivo en el largo plazo- la migración de dominicanos y haitianos hacia otros países. La diáspora seguirá creciendo, y con ella seguirán creciendo también los flujos de la migración de retorno. El impacto de dominicanos y haitianos regresando a sus países de origen se hará sentir cada vez más, tanto por el lado bueno como por el lado malo. Regresarán haitianos y dominicanos con capitales y con ahorros hechos legalmente, con buenas costumbres, con hábitos democráticos, con educación media y superior, técnica y vocacional, con habilidades gerenciales y empresariales, a invertir legalmente en sus países o a retirarse. 

Pero también regresarán delincuentes de todo tipo, muchos de ellos deportados por las autoridades norteamericanas después de haber cumplido sentencias en cárceles federales y estatales en los Estados Unidos, o voluntariamente huyendo de las autoridades, o buscando aprovechar oportunidades de negocios que producen enriquecimiento rápido, o simplemente buscando retirarse en sus lugares de origen. Este es un fenómeno sobre el cual quiero llamar la atención pues está afectando ya la isla de la misma manera que está afectando a casi todas las demás islas del Caribe. 

El retorno de delincuentes procedentes de los Estados Unidos es algo que va a afectar tarde o temprano las relaciones entre Haití y República Dominicana porque pronto empezaremos a ver delincuentes cruzando de un lado a otro de la isla con el consecuente dolor de cabeza de los embajadores de ambos países en Santo Domingo y Puerto Príncipe. 

En resumen, y para terminar, mi visión del futuro ustedes ya la adivinan: es optimista, pero obviamente con las reservas del caso. Es optimista, en primer lugar, porque creo que existe un aceleramiento del proceso democrático en ambos países. No hay ejército en Haití. Todavía hay un grupo de familias que gobiernan la vida económica, pero estas familias deberían haber amedrentado bastante después de lo que ha pasado a consecuencias del golpe de Estado. 

Segundo, existe una intensificación de los intercambios de todo tipo entre ambas partes de la isla, y existe un mejor conocimiento recíproco entre ambos pueblos y sus élites. Recuerdo un viaje organizado por un club de Puerto Príncipe a la República Dominicana en un autobús en 1972. 

Me imagino que ese club estaba compuesto por algunos distinguidos y educados miembros de la élite haitiana. Cuando llegaron a Azua, los viajeros aplaudieron pensando que habían llegado a Santo Domingo. Entonces alguien dijo: "no, todavía no hemos llegado". Cuando llegaron a Baní volvieron a aplaudir, y resultó que todavía no habían llegado a su destino. Cuando llegaron a San Cristóbal, hubo una gran ovación, pero todavía no habían terminado el viaje. 

Cuando finalmente entraron a Santo Domingo por la avenida del malecón hubo una docena de ellos que echaron a llorar. En la noche siguiente, en una cena del club anfitrión en Santo Domingo, varios de ellos confesaron con lágrimas en los ojos que ellos habían crecido engañados y nunca imaginaron que la capital de la República Dominicana pudiera ser más grande que Gonaïves. Guy Alexandre hablaba anoche de su padre, de la generación anterior que creció con esos prejuicios. 

Claro que los dominicanos también han crecido con prejuicios similares. Recuerdo, por ejemplo, una vez que fui invitado a almorzar a la casa de un hermano de un famoso secretario de las Fuerzas Armadas. Este hermano, su esposa y su madre eran entonces residentes en los Estados Unidos, aquí en la diáspora, en San Francisco de California. 

Nunca olvidaré que casi toda la conversación de mis anfitriones fue sobre la "amenaza haitiana". A mí me dio mucho tiempo explicarles que Haití no era ninguna amenaza militar y no pude convencerles porque ellos eran miembros de una generación que creció con la idea de que Haití estaba siempre presto a invadir a la República Dominicana, y este fue el argumento que explotó Juan Bosch durante su confrontación con François Duvalier en el año 1963. Las cosas, sin embargo, van cambiando y muchos de los viejos prejuicios están desapareciendo porque a ningún miembro de la élite haitiana ni mucho menos a muchos trabajadores haitianos se le ocurre pensar que Santo Domingo pueda ser una ciudad más pequeña que St. Marc o que Cabo Haitiano. 

Tercero, existe hoy un mayor comercio, y si alguna lección enseña la historia, repito, es que el comercio une. Cuarto, decíamos que existe un discurso intelectual más extendido que predica las necesidad y la posibilidad de la cooperación. Quinto, también decíamos que existe una transición en la conciencia racial dominicana que ha dado por resultado un reconocimiento de su propia negritud entre muchos dominicanos; y Sexto, creo que en el largo plazo habrá democracia en ambos países. Alguien decía ayer que yo tenía que probar ese punto, y lo voy a hacer de inmediato. 

En el año 1961, cuando mataron a Trujillo, los dominicanos que eran adultos en esa época, y que están aquí presentes, no dejarán que me equivoque cuando recuerde que fuera de la República Dominicana nadie le concedía a los dominicanos la capacidad para construir una democracia. Lucíamos entonces como un caso perdido en el concierto de naciones. Después de 31 años de una feroz dictadura los extranjeros decían que "estos dominicanos no tienen experiencia para construir una democracia pues nunca la han conocido". El mismo argumento se esgrime hoy contra Haití. A los haitianos se les niega la capacidad de construir una democracia. 

Sin embargo, lo que el reciente proceso político haitiano ha demostrado es justamente que los haitianos sí tienen la capacidad de comenzar a construir una democracia pues han comenzado derrocando a los enemigos de su democracia. Haití está hoy como estábamos los dominicanos en 1961, con la ventaja de que Haití eliminó -por lo menos, temporalmente- el ejército, una estructura de poder y de fuerza que impidió bastante, y por muchos años, el desarrollo democrático haitiano. Finalmente, creo que aunque el futuro sea positivo, este futuro no se nos dará gratuitamente: hay que construirlo. 

Toda historia es construcción. El futuro es, igual que el pasado, una construcción de aquellos que se deciden a vivir de una manera, de una forma determinada. Hay riesgos todavía. Pero las posibilidades, repito, nunca han sido mejores que ahora. 
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